En el corazón agreste de Connemara, entre lago, montaña y bruma atlántica, la Abadía de Kylemore parece surgida de una novela victoriana. La imagen es poderosa: una gran construcción de piedra reflejada en el agua, rodeada por un paisaje que condensa buena parte del imaginario de Irlanda occidental. Pero lo que hace especial a Kylemore no es solo su belleza. También es la forma en que un castillo privado del siglo XIX terminó transformándose en abadía benedictina, escuela y lugar de peregrinación cultural para miles de visitantes.
La historia comenzó en la década de 1860, cuando Mitchell Henry y Margaret Vaughan Henry decidieron levantar aquí una residencia familiar. La primera piedra fue colocada por Margaret el 4 de septiembre de 1867 y el castillo quedó construido en 1868. Aquella casa no fue pensada como una fortaleza medieval, sino como una gran residencia victoriana en plena naturaleza, una declaración de amor al paisaje de Connemara y, al mismo tiempo, una muestra del poder económico y social de sus propietarios. Desde el principio, Kylemore fue mucho más que una vivienda: fue una finca ambiciosa, diseñada para combinar elegancia, aislamiento y autosuficiencia.