Diamantina se encuentra en las tierras altas rocosas del noreste de Minas Gerais. Sus calles históricas suben y bajan por un valle empinado, en vez de seguir una cuadrícula plana. La Unesco describe el centro elevándose unos 150 metros por la ladera, con caminos sinuosos e irregulares que siguen el relieve. Esa relación entre ciudad y paisaje es esencial para la visita: la perspectiva cambia en cada curva y las casas, iglesias y plazas se ordenan por capas frente a las montañas. No se trata de un decorado de monumentos aislados, sino de una trama urbana adaptada a un entorno exigente.
El asentamiento se llamó primero Arraial do Tijuco y creció en la época colonial cuando se encontraron y explotaron diamantes en la región. El nombre Diamantina conserva ese vínculo con las piedras preciosas. El centro histórico ingresó en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco en 1999. La distinción no se debe solo a la minería: la Unesco destaca cómo se adaptaron modelos arquitectónicos portugueses a un contexto americano y cómo la ciudad construida se integró en las colinas rocosas. El recorrido gana interés cuando se lee el trazado junto con la historia de los buscadores de diamantes, la administración colonial y la vida cultural local.