Ouro Preto se despliega por las laderas empinadas de Minas Gerais. Sus calles estrechas y sinuosas enlazan iglesias, plazas, fuentes y viviendas en un trazado irregular. El nombre significa «oro negro» y recuerda la riqueza mineral que convirtió a Vila Rica —nombre anterior del asentamiento— en uno de los centros de la fiebre del oro brasileña del siglo XVIII. En lugar de una cuadrícula planificada, el núcleo histórico sigue los contornos de las colinas. Esa topografía no es solo un fondo escénico: determinó recorridos, vistas y una arquitectura que convierte el paseo en una lectura de distintas capas urbanas.
La Unesco inscribió el centro histórico de Ouro Preto en la Lista del Patrimonio Mundial en 1980, como el primer bien cultural brasileño incluido. El área protegida reúne edificios públicos, casas, puentes, fuentes y monumentos religiosos estrechamente relacionados. La Unesco destaca tanto los logros artísticos como el vínculo de la ciudad con un entorno accidentado. Para el viajero, esto significa que el patrimonio no se limita a una iglesia o un museo: también está en la manera en que los lugares emblemáticos se integran en una trama urbana formada por la minería, el gobierno, el culto y la vida diaria.