Machu Picchu se alza sobre una cresta escarpada del valle del río Urubamba, en la región peruana de Cusco, a unos 2.430 metros sobre el nivel del mar. Muros, terrazas y rampas de piedra parecen prolongar las formas de la montaña, pero el sitio no es solo un telón de fondo espectacular. La Unesco reconoce el Santuario Histórico de Machu Picchu por sus valores culturales y naturales: los restos construidos se integran en un paisaje de altura que desciende hacia la cuenca amazónica. Para empezar a comprenderlo, conviene mirar desde la arquitectura hacia las laderas, el agua y los caminos que hicieron posible el asentamiento.
El nombre conocido por la mayoría de viajeros se aplica al conjunto arqueológico y también a la montaña vecina, mientras que el santuario protegido abarca un territorio mucho mayor. La diferencia importa. Un recorrido con horario por la llaqta muestra solo una parte de un espacio que incluye otros restos arqueológicos, senderos, cursos de agua y hábitats. La niebla, el bosque empinado y el cañón del río no son adornos añadidos a un monumento inca: forman parte del entorno donde las personas planificaron, construyeron y mantuvieron el asentamiento.