En el corazón histórico de Isfahán, una ciudad que alguna vez fue capital imperial y una de las metrópolis más brillantes de Asia, se abre un espacio monumental capaz de alterar la percepción del visitante: Naqsh-e Jahan, cuyo nombre puede traducirse como "La imagen del mundo". Pocas plazas poseen un título tan ambicioso… y pocas logran estar a su altura.
Concebida a inicios del siglo XVII por orden del shah Abbas I, Naqsh-e Jahan no fue solo una pieza de urbanismo, sino un manifiesto político. En un territorio diverso y vasto, el proyecto buscó condensar en un único recinto la visión del Irán safávida: su poder, su fe, su comercio y su idea de belleza. El resultado es un rectángulo descomunal de más de medio kilómetro de largo, flanqueado por algunos de los edificios más refinados del arte islámico.