Sobre Museo Internacional de Relojería de Le Locle
Un museo relojero dentro de la casa de un relojero
En las alturas de Le Locle, en el Jura suizo del cantón de Neuchâtel, el Museo de Relojería ocupa el Château des Monts, una residencia histórica rodeada de jardines. La relación no es solo paisajística. La casa fue construida para Samuel DuBois, fabricante de cajas de reloj que también inspeccionaba metales preciosos en las montañas de Neuchâtel. La historia oficial del museo presenta el edificio y la colección como dos partes de un mismo relato local: la relojería moldeó no solo el trabajo de los talleres, sino también las viviendas, las aspiraciones y la vida cívica de la ciudad.
DuBois mandó construir la casa entre 1780 y 1790 en una propiedad de su esposa, probablemente como residencia de verano. Un documento notarial citado por el museo describe prados, campos, pasturas, un jardín, una cisterna, una bodega, un abrevadero, tres casas y un edificio para lavar ropa. Ese registro ofrece una imagen más concreta que la palabra «castillo»: era una propiedad rural productiva además de una vivienda acomodada. Según el museo, el apodo Château des Monts fue acuñado por habitantes de Le Locle y perduró cuando la finca pasó a otros propietarios.
En 1912, Georges Ducommun —empresario y relojero vinculado a la marca Doxa— compró la propiedad a los descendientes de DuBois. El museo señala que amplió la villa, eliminó la granja y los anexos y creó un parque de estilo inglés, pero conservó intacto el salón principal en honor a sus antiguos dueños. La ciudad adquirió la finca en 1954 y la transformó en museo; la inauguración oficial tuvo lugar el 23 de mayo de 1959. El edificio conserva así huellas de riqueza privada, éxito industrial y gestión cultural pública.
Una colección con raíces en 1849
La historia de la institución comenzó antes de que ocupara su sede actual. Fundado en 1849 como gabinete de curiosidades, el museo trasladó sus objetos diversos a la escuela industrial en 1858. Cuando abrió la escuela relojera de Le Locle en 1868, las piezas de relojería adquirieron una función educativa. Después de la Segunda Guerra Mundial, la colección se guardó en cajas por precaución y la falta de espacio retrasó su regreso. Un grupo creado en 1951 impulsó la recuperación del museo; el Château des Monts le dio finalmente un hogar permanente.
La exposición invita a recorrer distintas maneras de pensar el tiempo. En la planta baja, las salas presentan la casa, sus antiguos propietarios y la cultura de una residencia acomodada de la región. Arriba, la colección sigue la historia del reloj y de quienes lo coleccionaron. La planta superior aborda una pregunta más amplia: cómo han medido el tiempo las sociedades. El museo describe tres pisos y nueve salas dedicadas a la relojería; no es simplemente una fila cronológica de vitrinas, sino un recorrido que conecta mecanismos con las personas que los diseñaron, reunieron y utilizaron.
Una sala central resume unos cinco siglos de evolución del reloj a través de sus componentes: la pieza en bruto, la fuente de energía, la transmisión, el escape, el regulador y la indicación. En vez de exigir conocimientos técnicos, la exposición permite elegir el recorrido entre mecanismos y objetos. El planteamiento funciona tanto para familias y viajeros curiosos como para especialistas. Un reloj se entiende mejor cuando sus piezas se ven como un sistema: cómo almacena energía, la libera, regula el movimiento y la convierte en una hora legible.
Autómatas, coleccionistas y el lado humano de la precisión
La colección no se limita a instrumentos prácticos para medir el tiempo. Maurice Sandoz, primer gran benefactor del museo, donó 35 relojes, péndulos y autómatas cuando supo que la ciudad quería instalar su colección en el château. El museo explica que muchas piezas pertenecen a los siglos XVIII y XIX, cuando la inventiva mecánica convivía con el gusto romántico por el espectáculo, la música y los objetos refinados. El contraste revela dos caras de la relojería: algunos mecanismos buscaban mayor precisión; otros estaban concebidos para entretener o sorprender.
Entre los ejemplos destaca el autómata conocido como La Fée Carabosse, una pieza inglesa de la segunda mitad del siglo XIX. Su vestido largo oculta el mecanismo y el museo imagina cómo una figura móvil así pudo divertir a los invitados de un banquete. Esa escena es una posibilidad interpretativa, no un episodio documentado sobre esta pieza concreta. En términos más amplios, los autómatas muestran cómo la relojería podía acercarse al teatro: su atractivo estaba tanto en el movimiento y la sorpresa como en indicar la hora.
Las salas también conservan las historias de coleccionistas y donantes. La galería Alfred Huguenin reúne relojes de péndulo de Neuchâtel, desde el siglo XVIII hasta mediados del XIX; las acuarelas pintadas por Huguenin, maestro y profesor de dibujo local, decoran la madera. Otras salas evocan los gustos de Henri Jeanmaire y Frédéric Savoye. Estas biografías explican por qué cada colección tiene un enfoque distinto: unas destacan la artesanía y la restauración; otras, la decoración doméstica o la sociabilidad del coleccionismo. El château forma parte del relato, no es un contenedor neutro.
Cómo planificar la visita al Château des Monts
El museo está en Route des Monts 65, 2400 Le Locle. Su horario oficial establece de martes a domingo, de 10:00 a 17:00 entre mayo y octubre, y de 14:00 a 17:00 entre noviembre y abril. También indica que abre los días festivos, incluidos los lunes festivos, y cierra el 25 de diciembre y el 1 de enero. Los grupos pueden solicitar visitas fuera del horario habitual. Conviene verificar la información vigente antes de viajar, especialmente en los cambios de temporada o durante las fiestas, ya que los horarios pueden modificarse.
El transporte público es una opción práctica: el museo señala la línea 341 de TransN y la parada Château des Monts. También aclara que las restricciones de acceso al barrio de Les Monts no afectan a quienes visitan el museo. Las visitas guiadas para grupos se reservan con antelación; la tarifa publicada es de 80 francos suizos por guía para un máximo de 20 personas, en francés, inglés o alemán. El sitio web indica además gratuidad para ciertos grupos escolares, titulares de tarjetas y miembros; conviene revisar los requisitos actuales en lugar de suponer que la entrada general es gratis.
La historia relojera de Le Locle se entiende más allá de un museo. La Unesco reconoce junto con la vecina La Chaux-de-Fonds un urbanismo moldeado por la industria: talleres y viviendas se entrelazan en una trama racional que se adaptó desde la producción doméstica hasta las fábricas. El museo ofrece una mirada cercana a los objetos y los interiores; caminar por la ciudad aporta el contexto urbano. Juntos, ambos recorridos muestran que aquí la precisión no fue solo una especialidad técnica: también organizó el trabajo, la arquitectura y la identidad cívica.