En Lugo, al noroeste de España, la antigua frontera romana no es una ruina aislada de la vida cotidiana. La muralla rodea y define una ciudad en funcionamiento: los vecinos atraviesan sus puertas, se encuentran junto al trazado y utilizan el adarve como paseo público. La Unesco la considera el ejemplo mejor conservado de arquitectura militar romana tardía en el Imperio romano de Occidente. Su interés no reside solo en la antigüedad o el tamaño, sino en que una defensa antigua todavía condiciona cómo se recorre a pie una ciudad moderna.
El circuito se construyó a finales del siglo III y durante el IV para proteger Lucus, la población romana de la que procede el nombre de Lugo. Forma un rectángulo alargado de 2.117 metros y encierra alrededor de 1,68 hectáreas. La fábrica combina paramentos de pizarra y granito con un núcleo de fragmentos de piedra y mortero de cal. Según la Unesco, las paredes tienen entre 8 y 10 metros de altura y normalmente 4,2 metros de anchura, que llega a unos 7 metros en puntos concretos. Las dimensiones explican por qué el conjunto se percibe como un borde urbano continuo y no como un simple muro ceremonial.