El camino hacia Drottningholm, en la isla de Lovön, al oeste del centro de Estocolmo, conduce a una residencia que todavía cumple su función. La administración de los palacios reales suecos la presenta como hogar permanente de los reyes. El ala sur pertenece a la vida privada de la familia; otras salas y buena parte del terreno reciben visitantes. Esa convivencia cambia la mirada: no estamos ante un decorado vacío, sino ante un conjunto histórico que continúa habitado y administrado.
La UNESCO inscribió el dominio real de Drottningholm en la Lista del Patrimonio Mundial en 1991. La protección comprende el palacio, el teatro de 1766, el Pabellón Chino, la aldea de Canton, los jardines y parte de Malmen, barrio vinculado antiguamente a la corte. Cada pieza explica a las demás. El recorrido entre edificios revela distintas épocas de representación, trabajo y ocio; detenerse únicamente en la fachada principal dejaría fuera una parte esencial de la historia.