El ladrillo rojo y la piedra blanca de Tsarítsino aparecen entre los árboles del sur de Moscú, por encima de los estanques. Las torres y los arcos apuntados invitan a pensar en un castillo; la composición del Gran Palacio, en cambio, guarda el equilibrio del clasicismo. Su historia tiene un giro decisivo: Catalina la Grande encargó la residencia, pero nunca llegó a vivir en ella. Tampoco se visita hoy un interior imperial intacto. El edificio que recibe al público es el resultado de una reconstrucción contemporánea sobre un proyecto que quedó inconcluso.
En 1775 Catalina II compró a la familia Cantemir la finca llamada Chórnaya Griaz y la rebautizó Tsarítsino. El arquitecto Vasili Bazhénov imaginó un conjunto de edificios, puentes y puertas unido al paisaje, no un único volumen monumental. El ladrillo, la piedra y los detalles neogóticos dieron a la futura residencia un lenguaje propio. Durante una década avanzaron las obras hasta que, en 1785, la emperatriz fue a inspeccionar el edificio principal, casi terminado.