En Sannai-Maruyama, al norte de la ciudad de Aomori, el pasado no se resume en una tumba monumental o un palacio. Lo que aparece es el paisaje de una comunidad: huellas de casas, agujeros para postes, depósitos de desechos, sepulturas y espacios abiertos que hablan de una ocupación prolongada. Las excavaciones iniciadas en 1992 sacaron a la luz una gran aldea que se desarrolló aproximadamente entre 3900 y 2200 a. C., durante el Jōmon temprano y medio. Su larga duración es clave: no fue un campamento pasajero.
Los arqueólogos encontraron viviendas semisubterráneas, edificios sobre postes, áreas de almacenamiento y restos de entierros de adultos y niños. Junto a la cerámica y las herramientas de piedra aparecieron objetos de madera, piezas lacadas, utensilios de hueso y asta, además de restos vegetales. Muchos materiales orgánicos se conservaron porque los sedimentos húmedos y pobres en oxígeno de un valle cercano frenaron su deterioro. Estas pruebas permiten asomarse a la alimentación, la artesanía y la vida doméstica, y recuerdan que la conservación depende también del lugar donde quedaron enterradas las piezas.