En el extremo sur de Egipto, cerca de la frontera con Sudán, Abu Simbel reúne dos templos excavados en la roca cuya historia conecta la monarquía antigua, el paisaje nubio y una operación internacional de rescate. El Gran Templo fue mandado construir por Ramsés II durante la XIX dinastía; junto a él, el Templo Pequeño está dedicado a la diosa Hathor y a Nefertari, esposa real del faraón. Sus fachadas miran hoy hacia un desierto transformado por el lago Nasser, pero no siempre estuvieron allí. En la década de 1960, las aguas de la presa de Asuán amenazaron con cubrirlos y dieron origen a una extraordinaria operación para desmontarlos y reconstruirlos a mayor altura.
El Ministerio de Turismo y Antigüedades de Egipto fecha el Gran Templo hacia 1264 a. C. y atribuye su construcción a Ramsés II. Cuatro colosos sedentes del rey dominan la fachada. Uno quedó roto por un antiguo terremoto; sus fragmentos siguen a la vista en la base, en vez de haber sido colocados de nuevo en su posición original. En el interior, una sucesión de salas conduce al santuario, donde el Ministerio identifica a Amón-Ra, Ra-Horajti, Ptah y Ramsés II representado como rey divinizado. La escala y la disposición hacen que el visitante pase del espacio abierto del desierto hacia un recinto sagrado más restringido.