El castillo de Rozafa se alza sobre una colina rocosa en el acceso sudoriental a Shkodër, en el norte de Albania. La Agencia Nacional de Turismo lo sitúa a unos 130 metros sobre el nivel del mar; desde sus murallas se mira hacia la ciudad, el lago de Shkodër y la confluencia de los ríos Buna y Drin. La posición dominante ayuda a explicar su importancia defensiva, pero la panorámica es solo el comienzo: la colina conserva un paisaje arqueológico de varias épocas, no una fortaleza levantada de una sola vez.
La autoridad turística albanesa atribuye sus orígenes al periodo ilirio y señala fases posteriores romanas, bizantinas, venecianas y otomanas. Los arqueólogos, sin embargo, advierten que no conviene considerar cada muro visible una estructura intacta de los periodos más antiguos. Los informes de excavación describen una estratigrafía compleja, depósitos venecianos y otomanos de gran espesor y erosión causada por los ríos que rodean la colina. Las investigaciones han buscado distinguir las fases helenísticas de Shkodër de las huellas ilirias anteriores; la cronología continúa precisándose.