La ciudad vieja de Dubrovnik se disfruta mejor caminando, pero no como si fuera un museo al aire libre detenido en el tiempo. Tras las puertas de piedra hay un centro urbano vivo, con callejones, iglesias, viviendas, comercios y plazas, rodeado por fortificaciones que protegieron una república marítima. Conocida históricamente como Ragusa, Dubrovnik fue una potencia importante del Mediterráneo desde el siglo XIII. La Unesco inscribió el casco histórico en 1979 y más tarde amplió el bien más allá de las murallas. Esa historia explica por qué la visita gana profundidad cuando va más allá de una foto del puerto o de un escenario televisivo conocido.
La calle peatonal Stradun atraviesa el centro entre los lados de Pile y Ploče. El pavimento de piedra caliza pulida y las fachadas ordenadas impresionan desde el primer momento, pero las calles menores que ascienden a sus lados muestran cómo la ciudad se adapta a una península escarpada. Palacios, monasterios, iglesias, fuentes y el puerto dan cuenta de distintas facetas de la vida cívica, religiosa y comercial. Vale la pena avanzar sin prisa: las escaleras y los recodos conducen a patios, iglesias de barrio y miradores que suelen pasar inadvertidos desde la ruta central.