La mejor manera de conocer el centro histórico de Arequipa es caminarlo y comenzar por la Plaza de Armas, donde los portales enmarcan la Catedral y el pulso cotidiano de la ciudad. La piedra blanca y rosada que aparece en el distrito es el sillar, un material volcánico que explica el conocido sobrenombre de «Ciudad Blanca». Sin embargo, no se trata solo de una postal de fachadas coloniales. La Unesco describe el centro como un encuentro entre diseños europeos y saberes constructivos indígenas, desarrollado en un valle con una historia humana mucho más antigua y puesto a prueba repetidamente por los terremotos.
La ciudad fue fundada por los españoles en 1540, en un valle que ya era cultivado intensamente por comunidades prehispánicas. El bien de la Unesco conserva 49 manzanas del trazado español original y otras 24 correspondientes al periodo colonial y al siglo XIX. El área protegida abarca 166,52 hectáreas. Estas cifras ayudan a entender por qué la visita no debería limitarse a la plaza: el centro histórico es un paisaje urbano conectado de calles, conjuntos religiosos, patios, puentes y casas, no un monumento aislado.