San Petersburgo se entiende mejor al aire libre, donde el Nevá, sus brazos y una red de canales marcan la escala de las calles. Fundada en 1703 en la desembocadura del río, junto al golfo de Finlandia, nació como una nueva capital y no como una ciudad que simplemente creció alrededor de un núcleo antiguo. La Unesco describe su paisaje histórico como un gran proyecto urbano iniciado bajo Pedro el Grande, con más de 400 puentes, amplios muelles y un horizonte cuidadosamente compuesto. El agua no es un telón decorativo: organiza la ciudad y condiciona los recorridos.
El centro histórico y los conjuntos monumentales asociados ingresaron en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco en 1990. El bien protegido rebasa el centro urbano e incluye grupos de palacios, parques, fortificaciones y poblaciones históricas de la región metropolitana. En las calles céntricas, sin embargo, su lógica se percibe enseguida: largas perspectivas conducen a cruces y edificios emblemáticos; las plazas se abren junto a los canales; y el ancho Nevá crea una sensación poco común de amplitud. Caminar por la ciudad es recorrer una sucesión de espacios arquitectónicos enmarcados por puentes, fachadas y riberas.