A ocho kilómetros de Nauplia, el yacimiento arqueológico de Tirinto se alza como una colina rocosa baja rodeada por los campos de la llanura de Argólida. Su perfil no impresiona como el de una fortaleza montañosa, pero las murallas que cierran la cima explican por qué fue uno de los bastiones más notables de la Grecia micénica. El lugar se entiende mejor como un asentamiento de varias épocas: hubo vida aquí mucho antes del palacio y las fortificaciones que dominan las ruinas actuales.
La autoridad arqueológica de Argólida remonta la ocupación al Neolítico, entre los milenios VII y IV a. C., a partir de cerámicas halladas en estratos profundos. Los restos arquitectónicos más antiguos pertenecen al tercer milenio a. C. En la elevación meridional de la colina se construyó, durante la Edad del Bronce Antiguo, una estructura circular de unos 27 a 28 metros de diámetro. Su función precisa sigue en debate: se ha propuesto que fuera un palacio fortificado, una tumba monumental o un santuario.