En la Calle del Arco de Antigua Guatemala, un arco amarillo cruza la vía bajo una torre con reloj; en la distancia, si el cielo lo permite, aparece el volcán de Agua. Es una de las vistas más reconocibles de la ciudad, pero la estructura nació como infraestructura conventual, no como monumento para los visitantes. Construido en 1693, el pasaje elevado y cubierto conectaba el convento de Santa Catalina con otro edificio al otro lado de la calle y permitía a las monjas de clausura trasladarse entre dependencias sin exponerse al exterior. Su fama actual pertenece a otra historia: la de una antigua capital colonial, los terremotos, las restauraciones y la transformación de la ciudad en un destino patrimonial protegido.
El arco formaba parte del antiguo convento de Santa Catalina Virgen y Mártir, un complejo religioso integrado en el denso tejido colonial de Antigua. Los relatos históricos describen el pasaje elevado como una conexión entre edificios conventuales ubicados a ambos lados de la calle. Su función respondía a la vida de clausura: las religiosas podían cruzar sin recorrer la vía a nivel del suelo y sin quedar expuestas al mundo exterior. Es fácil pasar por alto ese propósito práctico cuando uno se detiene para tomar una fotografía, pero explica tanto la posición inusual del arco sobre una calle pública como su relación con el conjunto conventual.