El monte Fuji alcanza los 3.776 metros y, en días despejados, puede verse desde una amplia zona del centro de Japón. Su cono casi simétrico es familiar por las fotografías, pero es mucho más que un paisaje de fondo: ha sido lugar de culto, destino de peregrinación y motivo permanente para artistas japoneses. Se extiende entre las prefecturas de Shizuoka y Yamanashi, y su inscripción en el Patrimonio Mundial de la Unesco reconoce un paisaje cultural, no solo una cumbre natural. Es posible apreciarlo desde lagos, ciudades, carreteras y miradores habilitados sin subirlo.
La Unesco inscribió en 2013 el sitio «Fujisan, lugar sagrado y fuente de inspiración artística». El bien comprende 25 componentes relacionados con la montaña, entre ellos santuarios, rutas de peregrinación, lagos y otros lugares que expresan su historia religiosa y artística. Este marco ayuda a comprender que la visita no tiene que ser una expedición a la cumbre. El significado cultural del Fuji se desarrolló mediante las comunidades y prácticas que lo rodean, además de la contemplación de su cima. Las estampas de Hokusai e Hiroshige difundieron su imagen más allá de Japón, aunque el paisaje real cambia con la estación, las nubes y la distancia.