El castillo de Frederiksborg ocupa tres pequeños islotes del lago Slotssøen, en Hillerød, al norte de Copenhague. Su emplazamiento forma parte de la experiencia: las torres y los tejados de cobre se reflejan en el agua y la llegada atraviesa el pueblo hasta los jardines y patios del palacio. La historia real comenzó en 1560, cuando el rey Federico II adquirió la finca de Hillerødsholm y construyó la primera parte de Frederiksborg. Su hijo, Cristián IV, derribó después buena parte del conjunto y levantó entre 1600 y 1620 el castillo renacentista que se ve hoy. La escala y la decoración proyectaban autoridad real; el edificio era tanto una residencia como una declaración arquitectónica.
Frederiksborg fue residencia real durante aproximadamente un siglo, hasta que cambió el uso de la corte danesa. Su capilla conservó importancia religiosa y ceremonial. Sin embargo, el castillo no ha llegado intacto desde el Renacimiento: un gran incendio en 1859 destruyó gran parte de los interiores. La capilla y la Sala de Audiencias sobrevivieron, mientras que otras estancias y decoraciones tuvieron que reconstruirse. Esa ruptura explica por qué el recorrido actual combina espacios históricos originales, interiores restaurados y salas de museo, en vez de presentar todo como si hubiese permanecido sin cambios.