Al sur del centro de Estocolmo, Skogskyrkogården —literalmente, «cementerio del bosque»— invita a bajar el ritmo. Los caminos atraviesan pinos altos, claros y edificios colocados con cuidado; las tumbas se integran en el terreno en vez de dominar la vista con hileras rígidas. No es una atracción ajardinada dentro de la ciudad, sino un cementerio en funcionamiento cuyo diseño entiende el paisaje como parte del duelo y el recuerdo. Su ambiente surge de la relación entre bosque, recorridos y arquitectura, no de un único monumento.
En 1912, Estocolmo adquirió el terreno de antiguas canteras de grava y convocó un concurso internacional de diseño. Lo ganaron dos jóvenes arquitectos suecos, Gunnar Asplund y Sigurd Lewerentz. Las obras comenzaron en 1917 y el cementerio y la Capilla del Bosque se inauguraron en 1920. La Unesco describe el conjunto como un diseño de comienzos del siglo XX que integra arquitectura y naturaleza. Después influyó en cementerios de otros países, al mostrar que un lugar de enterramiento podía ser funcional y, a la vez, ambicioso desde el punto de vista artístico sin imponerse al entorno.