Al sur de la Ciudad Prohibida de Pekín, el Templo del Cielo es un paisaje concebido para hacer visible una idea política y espiritual: el emperador, como «Hijo del Cielo», celebraba ritos destinados a mantener la relación entre el reino y el cosmos. No es un único edificio, sino un conjunto de altares, salas, muros, puertas, árboles antiguos y explanadas que ocupa 273 hectáreas. La escala forma parte de su significado. Los largos recorridos y los espacios ordenados preparaban al soberano y a su corte para ceremonias cuyo sentido dependía del movimiento, la orientación, la estación y el rango de quienes participaban.
El Altar del Cielo y la Tierra original se terminó en 1420, el mismo año en que la corte Ming estableció Pekín como capital. En 1530, el emperador Jiajing dispuso que el Cielo y la Tierra recibieran sacrificios por separado; al sur se construyó el Altar del Montículo Circular y, en 1534, el conjunto adoptó el nombre de Templo del Cielo. Los emperadores Qing repararon y transformaron después el recinto. La Unesco sitúa en 1749 la configuración general que hoy puede recorrerse. Estas fechas ayudan a entenderlo como una institución imperial cambiante, no como un monumento construido de una sola vez.