Al acercarse a Padula, en el sur de Italia, la Cartuja de San Lorenzo impresiona por su escala: patios, claustros y salas monumentales evocan un mundo organizado en torno al recogimiento y la oración. Su historia no pertenece a un solo periodo. Las obras comenzaron en 1306, mientras que el aspecto barroco que hoy recorre el visitante responde a importantes transformaciones de los siglos XVII y XVIII. Además, la cartuja forma parte de un paisaje cultural mucho más amplio reconocido por la Unesco; la visita puede conectar la arquitectura monástica con la geografía y la historia del Cilento y el Vallo di Diano.
La construcción comenzó en 1306 por iniciativa y financiación de Tommaso Sanseverino, conde de Marsico, según la Unesco y el sistema museístico de Padula. El lugar se convirtió en un monasterio cartujo, orden cuya vida combinaba el culto compartido con periodos de silencio y retiro individual. Esa disciplina ayuda a entender la escala y la distribución del conjunto: los espacios comunitarios conviven con áreas destinadas a rutinas más privadas de los monjes. Los edificios crecieron y cambiaron a lo largo de los siglos; no responden a un plan único e inalterado.