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Puente del Gard

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¿Qué sabemos sobre Puente del Gard?


El Pont du Gard cruza el río Gardon en el término municipal de Vers-Pont-du-Gard, en el departamento francés del Gard, a poca distancia de la pequeña localidad de Remoulins y unos veinticinco kilómetros al noreste de Nimes. No es un puente en el sentido corriente. Lo que se conserva es la pieza central de un acueducto romano, y los arcos no se levantaron para sostener personas ni carros, sino para mantener a nivel un canal de agua cubierto mientras salvaba la garganta de un río. Tres niveles de arcos elevan ese canal 48,8 metros sobre el agua, lo que convierte al Pont du Gard en el puente-acueducto más alto que los romanos levantaron en todo su imperio. El nivel inferior tiene seis arcos a lo largo de 142 metros, el intermedio once arcos en 242 metros, y el superior contó originalmente con cuarenta y siete arcos pequeños repartidos en unos 360 metros, de los que quedan treinta y cinco en unos 275 metros. La estructura se estrecha a medida que asciende, de unos nueve metros de grosor en la base a tres en la cima, y el mayor de los arcos inferiores salva 24,52 metros, colocado a propósito sobre el cauce principal del río.

El puente solo cobra sentido dentro del sistema al que pertenecía. El acueducto recorría algo más de cincuenta kilómetros desde la Fontaine d'Eure, un manantial cercano a Uzès, hasta la piscina de reparto de Nemausus, la ciudad romana que hoy es Nimes. La distancia directa entre ambos puntos apenas llega a veinte kilómetros; los otros treinta se gastaron rodeando las colinas de la garriga, porque los ingenieros no disponían casi de desnivel. La caída total desde el manantial hasta la ciudad rondaba los doce metros, una pendiente media de aproximadamente uno por tres mil, y a lo largo del propio Pont du Gard el canal solo desciende 2,5 centímetros en 456 metros. Mantener esa tolerancia a lo largo de cincuenta kilómetros de terreno calizo, con los instrumentos de nivelación disponibles en el siglo I, sigue siendo lo más asombroso del monumento, y es justo lo que no se ve desde abajo. El agua tardaba cerca de veintisiete horas en llegar del manantial a la ciudad, y se calcula que el acueducto entregaba del orden de 200.000 metros cúbicos diarios a las fuentes, las termas públicas y las casas particulares de Nimes.

La datación ha cambiado con el tiempo. Durante mucho tiempo el acueducto se atribuyó a Marco Agripa y se situó hacia el 19 a. C., pero las pruebas arqueológicas apuntan hoy a mediados del siglo I d. C., probablemente entre los años 40 y 60, y aquella atribución se ha descartado. Se estima que trabajaron en él entre ochocientos y mil operarios y que el puente tardó unos quince años en terminarse, con un coste del orden de treinta millones de sestercios. La piedra es una caliza conchífera local, la pierre de Vers, extraída de una cantera situada unos cientos de metros río abajo; se emplearon unas cincuenta mil toneladas, con bloques que alcanzan las seis toneladas. Esos bloques se labraron con tal precisión que la fábrica visible no necesitó mortero alguno y se sostiene solo por rozamiento y peso. Los constructores dejaron piedras salientes y mechinales en las pilas para apoyar los andamios y los aparatos de elevación, y nunca se molestaron en recortarlos después, de modo que esos resaltes siguen ahí. Todavía pueden leerse en la piedra las marcas de los canteros y los números de montaje grabados en las dovelas, y por eso el monumento se valora tanto por lo que revela de los métodos de trabajo romanos como por su silueta. El canal que sostiene mide alrededor de 1,8 metros de alto por 1,2 de ancho, con solera de hormigón y un revestimiento de estuco que lo impermeabilizaba.

El acueducto funcionó cerca de cinco siglos. A partir del siglo IV el mantenimiento flaqueó, los depósitos de carbonato cálcico fueron engrosando dentro del conducto y las raíces se abrieron paso en la fábrica; hacia el siglo VI el canal había dejado de llevar agua. El puente sobrevivió porque encontró un segundo uso: durante la Edad Media los señores y los obispos locales lo mantuvieron como paso de peaje, cobrando por cruzar por el nivel inferior, y esos ingresos pagaron reparaciones justo cuando otros tramos del acueducto se estaban desmontando para aprovechar la piedra. Con los siglos se recortó la segunda hilera de pilas para ensanchar la calzada, lo que debilitó gravemente la estructura, y entre 1743 y 1747 el ingeniero Henri Pitot construyó un puente carretero adosado al nivel inferior para sacarle el tráfico de encima. Un siglo después llegó una restauración completa, dirigida por el arquitecto Charles Laisné entre 1855 y 1858 bajo el patrocinio de Napoleón III, que sustituyó piedra dañada, rellenó de hormigón las pilas y mejoró el drenaje del canal superior.

El Pont du Gard fue inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco en 1985 con los criterios (i), (iii) y (iv), citado como obra maestra de la técnica romana y como uno de los monumentos que más información aportan sobre los procedimientos constructivos de la primera época imperial. Recibe hoy en torno a 1,4 millones de visitantes al año, lo que lo sitúa entre los monumentos más visitados de Francia. En 2000 se retiraron los coches del entorno inmediato y se reordenaron las orillas con un centro de recepción, un museo dedicado al acueducto y a la hidráulica romana, y senderos señalizados por la garriga a ambos lados del río. Se puede cruzar por el nivel inferior, seguir el rastro del canal enterrado por el campo circundante y, en verano, bañarse en el Gardon bajo los arcos, que es desde donde se toma la mayoría de las fotografías. La piedra cambia de color a lo largo del día, del gris pálido con luz plana al miel intenso al final de la tarde, y la escala solo se percibe de verdad desde la orilla, donde se descubre que los seis arcos inferiores tienen aproximadamente la altura de un edificio de quince plantas.

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Pont du Gard
The Pont du Gard a Roman aqueduct bridge France
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