En Milán, Santa Maria delle Grazie es conocida en todo el mundo porque el refectorio de su convento dominico conserva La última cena, de Leonardo da Vinci. Pero la pintura no es una sala de museo aislada: iglesia, convento, claustros y refectorio forman un mismo conjunto arquitectónico y religioso. Esta diferencia importa al visitante. La iglesia continúa siendo un espacio de culto, mientras que el mural se contempla en una sala museística cercana, con acceso cuidadosamente controlado. Juntos, los edificios permiten entender el encuentro entre arte renacentista, vida dominica e historia urbana.
La construcción comenzó en 1463 bajo la dirección de Guiniforte Solari, según la UNESCO. A finales del siglo XV, Donato Bramante modificó considerablemente el conjunto, amplió la iglesia y añadió elementos como la cúpula, el ábside y el claustro. Por eso, la visita gana interés cuando se observa el complejo entero, no solo el refectorio. Sus distintas etapas muestran cambios en la arquitectura y las aspiraciones de la corte que gobernaba Milán.