El Teatro alla Scala está en la plaza del mismo nombre, en el centro de Milán, pero su nombre remite a un lugar anterior al teatro. La historia oficial indica que el edificio se construyó en 1776 sobre el terreno de la iglesia de Santa Maria alla Scala, según el proyecto del arquitecto neoclásico Giuseppe Piermarini, y se inauguró en 1778 con la ópera Europa riconosciuta, de Antonio Salieri. Impulsado por la emperatriz María Teresa de Austria tras el incendio del Teatro Ducal, el nuevo recinto dio una sede permanente a una ciudad con intensa vida musical. Su ubicación frente al ayuntamiento lo convierte también en una referencia fácil para un paseo por el centro.
La reputación de La Scala se formó a lo largo de generaciones, no en una sola noche célebre. La cronología del propio teatro relaciona su identidad del siglo XIX con Gioachino Rossini y la evolución de la ópera italiana, y coloca a Giuseppe Verdi en un lugar central: Oberto abrió su vínculo con la casa en 1839 y el éxito de Nabucco en 1842 acercó su música al despertar patriótico de Milán. El ballet también ocupa una parte importante de su trayectoria. Estos nombres ayudan a entender que La Scala es a la vez una sala activa y un símbolo cultural; no es únicamente un museo de un arte del pasado.