La abadía de Kirkstall se encuentra en un parque público, en la ribera norte del río Aire, al noroeste del centro de Leeds. La iglesia sin techo, el claustro y los edificios monásticos que aún se conservan no están aislados en el campo: las ruinas forman parte de un paisaje urbano actual, con senderos y zonas verdes que permiten incorporarlas a una jornada normal. El entorno ayuda a entender el sitio como comunidad religiosa medieval y, a la vez, como un capítulo duradero de la historia de Leeds.
Leeds Museums and Galleries sitúa la fundación en 1152 y señala que la comunidad estaba integrada por monjes cistercienses procedentes de la abadía de Fountains. En la historia narrada por la conservadora Kat en el centro de visitantes, Henry de Lacy, barón de Pontefract, habría asegurado los terrenos después de prometer que fundaría una abadía si se recuperaba de una enfermedad grave. Un intento anterior de establecerse en Barnoldswick fracasó; los monjes fundaron entonces su comunidad en Kirkstall. El relato conecta una promesa personal de patronazgo con una institución que marcaría la región durante siglos.