En una colina sobre la llanura de Caserta, el Belvedere de San Leucio cuenta una historia distinta a la ceremonia cortesana del palacio cercano. El antiguo pabellón de caza se convirtió, bajo el rey borbón Fernando IV, en el centro de un proyecto de producción sedera. Hoy el conjunto monumental alberga un Museo de la Seda y conserva la memoria de una comunidad obrera planificada. Forma parte del mismo bien Patrimonio Mundial que el Palacio Real, el parque y el acueducto Carolino, pero aquí el foco está en la producción, el trabajo y la idea de organizar un asentamiento alrededor de una industria.
El Belvedere se alza sobre una colina con vistas a Caserta. La historia oficial de la Reggia de Caserta sitúa el interés de la familia real en 1750, cuando Carlos de Borbón adquirió el lugar; más tarde, Fernando IV encargó su restauración y ampliación al arquitecto Francesco Collecini. El Belvedere fue residencia campestre, con apartamentos reales junto a espacios que se destinarían a la industria. Esa proximidad entre corte y taller fue deliberada: San Leucio se concibió para que una finca real también fomentara la manufactura.