El castillo de Neuschwanstein se alza sobre el pueblo bávaro de Hohenschwangau, con sus torres claras recortadas contra laderas boscosas y los Alpes. Suele presentarse como un palacio de cuento, pero la visita real exige más organización: se entra mediante una visita guiada con horario asignado, conviene reservar con antelación y hay que subir desde el pueblo a pie o utilizar un servicio de transporte limitado. También es un proyecto real del siglo XIX que quedó inconcluso, concebido por el rey Luis II a partir de su admiración por las leyendas medievales y los dramas musicales de Richard Wagner. Entender tanto esas condiciones prácticas como su ambición histórica hace que la visita sea mucho más que una parada para tomar una foto.
Luis II comenzó a planificar el castillo en la década de 1860. La historia oficial indica que los trabajos preparatorios empezaron en 1868 y que la primera piedra se colocó el 5 de septiembre de 1869. El nombre inicial fue Neue Burg Hohenschwangau, o Nuevo Castillo de Hohenschwangau; el nombre Neuschwanstein se adoptó después de la muerte del rey. La construcción se concibió como refugio privado y escenario imaginativo inspirado en relatos medievales, no como una fortaleza preparada para la guerra moderna. Su arquitectura combina referencias históricas con técnicas constructivas contemporáneas y la visión teatral del monarca.