El Père-Lachaise es a la vez un cementerio activo y uno de los paisajes históricos más visitados de París. La ciudad afirma que recibe más de tres millones de personas al año; documentos municipales registran unas 70.000 sepulturas en 43,2 hectáreas. Esa escala cambia la experiencia: no es un museo organizado alrededor de una colección, sino un lugar de entierro, memoria, arquitectura y mantenimiento cotidiano. Quienes lo recorren avanzan por avenidas entre monumentos, tumbas familiares y caminos arbolados, mientras siguen celebrándose funerales y actos privados de duelo. La municipalidad pide mantener silencio y respeto. Parte de su atractivo reside en esa convivencia entre curiosidad pública y pérdida personal.
El camposanto abrió en 1804 con el nombre de Cementerio del Este, fuera de la ciudad entonces urbanizada. El terreno había formado parte de la finca de Mont-Louis, y el arquitecto Alexandre-Théodore Brongniart diseñó el conjunto y sus recorridos. El nombre actual honra a François de La Chaise, jesuita y confesor de Luis XIV. Al principio, a los parisinos les costaba elegir un lugar de entierro tan apartado del centro. En 1817, las autoridades trasladaron allí los restos atribuidos a Héloïse y Abélard, además de los de Molière y La Fontaine, lo que contribuyó a atraer atención hacia el nuevo cementerio. De espacio periférico pasó a convertirse en un hito urbano.