En el extremo oriental del distrito de Kontorhaus, el Chilehaus parece lanzar su punta hacia Hamburgo como la proa de un barco. La imagen es célebre, pero la historia del edificio va más allá de su silueta. Fritz Höger lo diseñó entre 1922 y 1924 para el comerciante Henry Brarens Sloman. El bloque de oficinas de diez plantas conectó la reconstrucción comercial de la ciudad tras la Primera Guerra Mundial con la importación de salitre chileno. El ladrillo oscuro, la decoración escultórica y la fachada sur curva lo convirtieron en una obra emblemática del expresionismo en ladrillo. Hoy sigue siendo un edificio de oficinas y una de las piezas más reconocibles del patrimonio urbano UNESCO de Hamburgo.
El nombre remite al otro lado del Atlántico. Sloman amasó buena parte de su fortuna comerciando e importando salitre de Chile, un producto utilizado en fertilizantes y otras aplicaciones industriales. La autoridad patrimonial de Hamburgo lo identifica como el promotor que encargó el edificio, no como su arquitecto: ese papel correspondió a Fritz Höger. El vínculo aporta al Chilehaus una historia transnacional. Su presencia monumental en el norte de Alemania se financió mediante una mercancía y una red comercial que llegaba a Sudamérica, cuando Hamburgo reorganizaba su distrito empresarial y buscaba recuperar impulso económico.