En el centro de Alcobaça, la larga fachada clara del Monasterio de Santa María es un hito religioso, arquitectónico y político. La abadía cisterciense llegó a ser una de las instituciones monásticas más influyentes del Portugal medieval. Su iglesia y las dependencias medievales conservadas no son monumentos aislados: juntas muestran cómo una comunidad religiosa contribuyó a organizar el territorio, afianzar la autoridad real y dar forma a la vida cultural de un reino que aún consolidaba sus fronteras.
La carta fundacional de la abadía de Santa María y de sus dominios lleva fecha de 8 de abril de 1153. Afonso Henriques, primer rey de Portugal, concedió esas tierras a la orden cisterciense después de la conquista cristiana de Santarém y Lisboa en 1147. Los monjes debían cultivar y organizar el territorio. Así, la abadía reunió una finalidad espiritual con un programa real de poblamiento, agricultura y administración.